Desde luego, hay que admitir que el vino no es una bebida de origen mexicano puesto que fue hasta el siglo XVI que los españoles lo trajeron consigo. En 1524, Hernán Cortés, como primer capitán general y gobernador de la Nueva España, ordenó a los colonizadores plantar mil viñas por cada cien indígenas que tuvieran a su servicio. Sin embargo, en 1595, Felipe II, Rey de España, expidió una Cédula Real para prohibir la producción de vino en nuestro país, ordenando destruir los viñedos existentes porque, aseguraba, la calidad y cantidad que se producía entonces amenazaba los intereses comerciales de los españoles, tanto de productores como de distribuidores.
La producción vitivinícola se mantuvo limitada y casi exclusiva del medio eclesiástico. Durante los años siguientes, los conflictos internos nacionales, primero el movimiento de Independencia y más tarde, la Revolución Mexicana, afectaron profundamente la producción agrícola de todo el territorio.
En la década de los años cincuenta del siglo XX, la vitivinicultura comienza a ser de nuevo significativa en diversas zonas del país, empezando a despuntar en los sesentas y setentas para posicionarse con más arraigo y profundidad a partir de los ochenta, cuando el Vino Mexicano adquiere gran relevancia, como resultado del interés de un buen número de personas, tanto de productores establecidos por varias generaciones, de enólogos y vitivinicultores expertos, como de un puñado de personas con ánimos un tanto aventureros, y con ideas y expectativas novedosas, que se empeñaron en que México produjera vinos de la más alta calidad, que compitieran con los mejores del mundo.
Así, dentro de los ahora llamados Vinos del Nuevo Mundo, de países como Australia, Chile, Estados Unidos, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Argentina; México entra en el escenario y empieza a participar, y a destacar, en los mejores concursos del mundo: El Chardonnay du Monde de Francia, Expoviña de Suiza, Intervin International Award de Estados Unidos, Monde Selection de España, Monde Selección de Inglaterra, Challenger International du Vin de Francia, Viñandino de Argentina, Concours Mundial de Bruxelles y Wines of the Américas.
Hasta hoy, en prácticamente 15 años, México ha obtenido más de 350 premios y reconocimientos internacionales que, libres de prejuicios y paradigmas, avalan la Calidad Mundial del Vino Mexicano.
Además, las diferentes bodegas vitivinícolas nacionales exportan sus productos a casi 30 países. Actualmente, la industria mexicana ofrece 200 diferentes tipos de vino, entre tintos, blancos, rosados y espumosos, elaborados con la más moderna tecnología y con la mano experta de enólogos profesionales.
Las diferentes variedades de uva vitis vinífera se cultivan en zonas vitícolas registradas tanto en México, como en la Comunidad Europea y otras partes del mundo. Entre ellas: Aguascalientes, Baja California, Coahuila, Querétaro y Zacatecas.
A pesar de que el consumo promedio anual en México es de 350 mililitros per cápita (aún muy pequeño), comparativamente con otros países, el incremento en los últimos años permite tener una visión optimista. Por una parte, en algunas zonas determinadas como en las playas y otras metrópolis importantes, el consumo alcanza los 8 litros per cápita, y por otra, porque el mercado está sumando actualmente a dos segmentos fundamentales: El de las mujeres y el de los jóvenes.
Este esfuerzo es resultado de un enorme interés hacia la cultura del vino y de la labor de productores y comerciantes por reforzar y otorgar un importante lugar al consumo del vino mexicano. Esfuerzo que la Industria Vitivinícola, motivada por la necesidad de contar con un órgano que representara sus intereses ante instituciones públicas y privadas locales, nacionales e internacionales, crea en 1948, la Asociación Nacional de Vitivinicultores, A.C.
Esta Asociación agrupa tanto a los productores de uva del país, como a las empresas y organizaciones que se dedican a procesar la misma para la obtención de sus derivados, como la uva pasa, jugos de uva, y, desde luego, los espléndidos vinos mexicanos.
Sus principales funciones son, entre otras: El fomento al desarrollo del cultivo de la vid, la industrialización de la uva y la comercialización de los productos que de ella se obtengan; representar los intereses de la industria ante autoridades y organismos públicos y privados; actuar como interlocutora ante todo asunto de interés para la industria; defender, además, los intereses de sus asociados, y promover la creación de estaciones enológicas y otros organismos técnicos y prácticos, para proteger y mejorar la calidad de los productos vitivinícolas.
Desde 1998, el mercado del vino en México había tenido un crecimiento promedio del 7 % anual. Sin embargo, en el último año, el consumo se incrementó hasta un 11%. La meta a corto plazo es posicionarnos en el mercado nacional e internacional, con un crecimiento del 12%, para los próximos 3 años.
Este crecimiento, evidentemente elevado, se alcanzó por razones multifactoriales: Por una parte, la sinergia que ha creado el enorme interés por parte de productores, comercializadores y consumidores a nivel mundial respecto al vino y, principalmente, en el caso de nuestro país, por la instrumentación de la campaña de Promoción y Difusión del Vino Mexicano, básicamente en el ámbito de las Relaciones Públicas.
El mercado del vino en México ha tenido profundos cambios, tanto a nivel nacional como internacional. La oferta enológica disponible para el consumidor final, a través de los diferentes canales de distribución y comercialización se ha acrecentado, con una presencia en el mercado de 60% de productos importados de múltiples nacionalidades, contra 40% de vinos de producción mexicana.
Reiteramos que nuestro punto de competencia no estriba en el volumen, sino en la calidad de nuestros productos, misma que, en principio, está avalada por la aceptación de nuestros vinos en el mercado que tiene mayor conocimiento en el mundo a ese respecto, que es justamente el de los países Europeos.
En el ámbito nacional, la gran mayoría de las tiendas de autoservicio llevan a cabo importaciones directas, omitiendo algunos eslabones de la cadena de comercialización, lo que permite abaratar costos y representa una competencia inequitativa para el vino mexicano ya que, entre otros aspectos, no nos permite ingresar a los mercados mundiales bajo el mismo esquema. En cuanto a la competitividad de nuestro sector en relación con el resto del mundo, debemos reiterar situaciones adversas como son, en el caso de los países que conforman la Unión Europea, el delicado tema de los subsidios, ya que como se sabe, los 25 países que conforman la Unión acostumbran la práctica del subsidio, incluso en forma abierta.
La Unión Europea produce 36 mil millones de litros de vino, con un excedente de producción, en tanto que México produce únicamente 45 millones anuales, incluyendo el vino que se comercializa a granel.