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Jueves 28 de agosto
del 2008
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El Cronógrafo: Escritura del Tiempo

En momentos como los que nos ha tocado vivir, en los que las cosas cambian con tanta rapidez, sin duda es bueno encontrar la manera de preservar el momento y, precisamente, existe una clase de relojes que ésa es su especialidad.

Su historia

La historia de los cronógrafos es muy interesante, llena de vericuetos y recovecos que permiten a cada quien contarla a su manera, inclinando la balanza hacia el apellido de un hombre o bien el nombre de alguna firma; sin embargo, al tomar distancia y disfrutarla como un conjunto y no como hechos aislados, resulta en algo que los aficionados a la relojería pueden disfrutar y obtener sus conclusiones de manera personal.

Alrededor de 1720, el inglés George Graham logró fabricar el primer mecanismo con la cualidad de medir la duración de una fracción de tiempo. Aun cuando su aparato estaba muy lejos de poder llevarse en el pulso, la invención le ha valido ser reconocido hasta nuestros días como “el padre del cronógrafo”. Otros puristas solamente reconocen el cronógrafo inventado por Nicholas Mathieu Riussec en 1821, un relojero francés quien, por aquellos tiempos, trabajaba para la firma Breguet. Se trataba de un mecanismo que, en la punta de cierta manecilla, tenía montada una plumilla con tinta, con la que marcaba la duración de un periodo de tiempo. Si acatamos la etimología, aquel aparato, en realidad, ostentaba el nombre correcto, chronos-graphos, tiempo-escritura y, en honor a la verdad, lo que hoy llamamos cotidianamente cronógrafo, sería mejor nombrarlo cronoscopio, ya que la “escritura” no está presente en su funcionamiento.

Una vez aclarado el punto, podemos continuar con lo que, en apariencia, será una lectura plagada de equivocaciones pero, sin duda, irónicamente atractiva.

¿QuÉ son los cronÓgrafos?

Son relojes capaces de medir el tiempo en dos formas distintas, además de marcar el transcurso de las horas y los minutos en forma continua. También pueden utilizarse para medir intervalos aislados de tiempo a voluntad; para ello necesitan estar equipados, en el mejor de los casos, con carátulas y escalas secundarias que le permitan al usuario interpretar la duración de un evento.

El diseño es importante en cualquier reloj, pero cobra mayor relevancia en un cronógrafo. Dependiendo de los totalizadores secundarios con los que cuente, a veces es sólo uno, pero pueden llegar hasta cuatro y, si se descuidan las proporciones, se puede afectar la legibilidad en detrimento de todo el conjunto. Incluso, cuando una firma decide evolucionar un modelo, si la versión equipada con cronógrafo resulta agradable, demuestra que dicho prototipo estuvo bien concebido desde su origen.

Comúnmente, los cronógrafos están equipados con uno o más pulsadores; regularmente uno en la posición de las dos con el que se activa y se detiene el mecanismo, y otro más en la posición de las cuatro con el que se pone a cero nuevamente. Con ellos se pone en marcha un desfile individual de los segundos y minutos que se acumulan en los totalizadores; las versiones más complicadas, incluso, tienen un registro para las horas. Si bien el más sencillo de los cronógrafos implica un desarrollo mecánico prodigioso, siempre existe un paso más allá, como los que, además de estas funciones, pueden mostrar las fases lunares, la reserva de marcha o cualquier otra complicación que su creador decida y tenga la habilidad de incorporarle.

CronÓgrafos para cada actividad

El desarrollo de este tipo de relojes se ramifica en todas direcciones, ya que encuentra su razón de ser en las necesidades de los militares, aviadores o deportistas, por mencionar algunos. Cada actividad ha impulsado la creación de un cronógrafo de manera que, por ejemplo, para los médicos hay con escalas pulsométricas que indican la frecuencia cardiaca, o con reglas de cálculo integradas al bisel, para el beneficio de ingenieros y navegantes.

Sin duda, uno de los capítulos más emocionantes y controversiales, es el que cuenta acerca del primero de los cronógrafos con cuerda automática. A pesar del impulso que tuvieron los relojes automáticos de pulsera entre 1930 y 1940, un cronógrafo que no requiriera ser cargado manualmente era algo que no aparecía en los proyectos de los especialistas, ya que su popularidad disminuyó dramáticamente al terminar la Segunda Guerra Mundial. Así que, por veinte años, nada sucedió en el mundo de este tipo de relojes.

Fue hasta finales de la década de los sesenta cuando, en la feria de la relojería de 1969 en Suiza, aparecieron en la escena un par de cronógrafos mecánicos automáticos creados por dos grupos, unidos en el afán de resolver el desafío; a la cabeza de estos grupos se encontraban, por una lado, Zenith y, por el otro, Heuer (ahora TAG Heuer). En opinión de la mayoría, luego de analizar minuciosamente los hechos, el primero de Zenith efectivamente fue el primer calibre con cronógrafo automático de la historia. Sin embargo, su proceso de producción en serie era tan intrincado, que Heuer logró comercializar el Chronomatic antes que sus rivales. Quién podría pensar que, por los giros del destino durante los últimos años del siglo veinte, hoy ambas compañías son propiedad del grupo LVMH y ahora, incluso, colaboran entre sí.

Los términos cronógrafo y cronómetro tienden a utilizarse de forma indiferente, pero aquí existe un error también. Cronómetro es algo más cercano a un título de nobleza que un reloj se gana si es capaz de superar pruebas de precisión muy rigurosas efectuadas a cargo del Certificado Oficial Suizo de Cronómetro (COSC) y, efectivamente, un cronógrafo puede adjudicarse el título de cronómetro si se ajusta a los parámetros establecidos y, si este es el caso, seguramente hará gala de una inscripción que lo acredita como tal, ya sea en la caja o en la carátula

Como inversión, un cronógrafo es una buena opción; es más apreciable en términos generales que un reloj automático y, quizá el punto álgido es que, por su complejidad mecánica, su mantenimiento y reparación son más caros. Marcando algunas excepciones, en la actualidad portar un cronógrafo en el pulso obedece más a los designios de la moda que a la actividad profesional de quien lo usa, pero si se trata de evocar al temperamento aventurero de los astronautas, pilotos de aviones o autos de carreras, no existe un compañero mejor.



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